Latidos venenosos,
los que tus palabras
bombean a mis pupilas.
Deseos venenosos,
los que prenden mi alma
a la miel de tu tela de araña.
Poemas venenosos,
recitados a la hora opaca
de una cruel despedida.
Sangre envenenada al gusto,
roja a la vista,
a miles de kilómetros de distancia.
¿Te puedo contar un secreto?
A veces, cuando la noche pesa demasiado, salgo a la calle a buscarte. Me enfundo el traje de gatita y te acecho por los aleros; cuando comprendo que es inútil, regreso a casa por la ventana entreabierta y me lamo las patitas… miau…
¿Y yo? ¿Puedo contarte el mío?
Cuando limpio mi arma, cuando ajustadamente voy componiendo de nuevo las piezas, pienso en ti y en cómo la culata, el percutor, el cañón, el cargador, todo, una vez montado, serviría para hacerte el amor.
Se me ocurre que, cargada y sin seguro, podría hacer que te quitaras esa ropa de gata, despacio y sin trucos.
El cañón bajaría por tu mejilla para reposar en la línea morbosa del carmín. De ahí, por tu garganta, hasta el canal que divide el escote. Si fueras buena conmigo, apretarías tus tetas para que yo pudiera templar el frío acero. Como pago, taponaría de vicio su boca con tus pezones.
Costaría seguir adelante, no lo dudo, mas no sería capaz de negarle lo suyo a…
[Siempre hago una pausa, justo aquí, para imaginar tus aguamarinas desafiantes, sin achantarse lo más mínimo.]
Y en esas que bajo la pistola, te atraigo hacia mí y te beso, mientras paseo su helado tacto por tu espalda, arañando tu piel. Beso húmedo, largo, enlazando mi lengua a la tuya, porque me lo pide el cuerpo.
Pero antes de acostumbrarme, te suelto y vuelvo a mi juego. A encañonarte el ombligo, a rizar nuevos bucles en tu ralo vello, a arrancarte breves gemidos de placer al hurgar tu sexo.
Tu coño chapotea con la sola idea de que me temblara el gatillo.
Eres una pervertida y eso me excita.
Pero no.
Deberías temer sólo al pulso de mi polla, penetrándote sin asperezas, pues en todo caso, con el cañón perturbaría la paz de tu culito, para acelerar tu orgasmo, para que tus ojos suplicaran alguna clase de perdón.
Quisiste jugar un día y ya van cientos.
Quiero atarte, dijiste, saber que estando a merced de mis deseos más infinitos no puedes escapar. Quiero atarte de mil formas, susurraste, pues de mil formas diferentes prometo recorrer cada centímetro de tu piel con pasión, desvelo y ternura. Quiero atarte para no soltarte, juraste, y permanecer al pie de esas cadenas que te atan a mí cada vez que nos fundimos en uno sólo.
Ya van cientos que mantienes secuestrada tu voluntad, maniatada a un cabo de soga, entre tu cuerpo y el mío.
Había desafiado su trasero lo suficiente para saber que la tira del tanga quedó en casa.
Que lo ajustado de la licra en torno a sus caderas no podía esconder mayor recompensa que la calidez directa de la raja entre sus nalgas.
Ya en la sala había llevado mis dedos hacía esa frontera haciendo coincidir allí su vestido y el borde de mi mano, ante la atenta mirada de mis sentidos sobre su boca entreabierta, consciente en ese instante último que mi voluntad debía ser cumplida.
Tenía el lugar, la mujer, el móvil y la oportunidad; me sobraban los presentes.
Para cuando el sofá quedó libre, no hizo falta convencerla, ella misma se arrodilló sobre él y me ofreció su espalda.
Situado detrás, inspiré ruidosamente, como cogiendo fuerzas. Mi polla apretaba dentro del pantalón y, desatar el cinturón y abrir los botones, me punzó entre los huevos.
En esas no quitaba ojo al centro de la diana intentando acertar el agujero, intuyéndolo a ciegas todavía.
Levantar la falda con parsimonia, recostándola a la altura de sus riñones, y contemplar la promesa prometida, me obligó a lanzar un guaaaauuu entusiasta.
La muy zorra estaba empapada, lo supo el glande al primer contacto con sus pliegues labiales. La humedad escapaba sin tino mojándome la caña.
Con las manos en sus caderas, balanceaba su cuerpo para que fuera ella quien se follara en mí. La causante de aquella situación era la que tenía que remediarla, no yo.
En una de mis salidas, recogí aire y, sin previo aviso, penetré su culo. Mi polla estaba muy grande, las redes de flujo sanguíneo se marcaban en la piel tensada. Ella acompañó mi entrada con un gemido tan sucio que acabó por encender mi mecha. Cuatro roces en aquella cueva oscura y mis depósitos se derramaron, supurando una lefa viscosa que empañó la vista de su coño.
Pero el culito respingón parecía reclamar una nueva garchada, que le dieran su merecido también por delante. Le pregunté si le apetecía correrse, si deseaba una empalmada doble. No esperé respuesta. Ya mi pene cabalgaba su concha en busca de rica miel…
Que lo ocurrido hoy aquí te sirva de lección: si no quieres guerra no plantes batalla.
Cuando me siento excitada abuso de tacones.
A ti te chiflan los de piel de serpiente, los teñidos en zumo de moras.
Aseguras que realzan las curvas de mis nalgas exponencialmente, y que mis pantorrillas se cargan de lívido.
Yo creo que lo dices para engatusarme, para satisfacer ese vicio perfecto de follarme con los zapatos puestos, clavando las agujas por los jergones de todo el planeta.
A mí me seducen, me pegan al sueño de tu sombra, los carmesí en raso oriental.
Van allá donde tú me llevas, corren a tu encuentro en cada terminal de aeropuerto; con su trazo chino, el grabado en el soho de Londres, el mismo día que tatuaste una cicatriz con el emblema de mi nombre.